Los Libros de la historia de Azeroth

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Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Lun Jul 05, 2010 12:59 pm

Aqui recojo lo que cuentan los libros que se reparten por el mundo y que poco a poco cuentan historias del lore de warcraft.

>> Aegwynn y la caza del dragon.
Mientras las políticas y las rivalidades de las siete naciones humanas sufrían muchos altibajos, la línea de los Guardianes mantuvo una vigilancia constante contra el caos. Hubo muchos Guardianes, pero solo uno tenía los poderes mágicos de Tirisfal en cada momento. Una de los últimas Guardianas de la era se distinguió por su valiente lucha contra la sombra. Aegwynn, una humana muy temperamental, obtuvo la aprobación de la orden que le concedió el manto de la custodia. Aegwynn luchó valerosamente para dar caza y erradicar a los demonios allí donde los encontró, pero, a menudo, cuestionó la autoridad del Consejo de Tirisfal. Creía que los elfos antiguos y los elfos ancianos que presidían el consejo eran demasiado rígidos en su forma de pensar y que, a la hora de terminar de una vez por todas con el conflicto contra el caos, resultaban cortos de miras. Mostrándose impaciente cuando se trataba de discutir largamente, siempre quería probarse a sí misma ante sus pares y sus superiores y, como resultado de todo ello, frecuentemente escogió el valor antes que la sabiduría en situaciones cruciales.
A medida que creció su dominio sobre el poder cósmico de Tirisfal, Aegwynn se dio cuenta de la existencia de un gran número de poderosos demonios que acechaban la helada parte norte del continente de Rasganorte. Viajando al distante norte, Aegwynn rastreó a los demonios en las montañas. Allí cayó en la cuenta de que los demonios estaban cazando a uno de los últimos Vuelos supervivientes, despojando a las antiguas criaturas de su magia innata.
Los poderosos dragones, que habían huido de las amenazantes sociedades mortales, se encontraron enfrentados en igualdad de condiciones a los siniestros poderes de la Legión. Aegwynn se enfrentó a los demonios y, con la ayuda de los nobles dragones, terminó por erradicarlos. Aun así, cuando el último demonio desapareció del mundo mortal, se desató una gran tormenta por todo el norte. Un enorme rostro oscuro apareció en el cielo por encima de Rasganorte. Sargeras, el rey demonio y señor de la Legión Ardiente, apareció ante Aegwynn y manifestó su infernal cólera. Comunicó a la joven guardiana que el tiempo de Tirisfal estaba a punto de llegar a su fin y que pronto el mundo perecería a manos de la Legión.
La orgullosa Aegwynn, creyéndose en igualdad de condiciones que el Dios amenazante, desató sus poderes contra la reencarnación de Sargeras. Con una facilidad desconcertante, Aegwynn aplastó al señor demonio con sus poderes y consiguió matar su cuerpo físico. Para evitar que el espíritu de Sargeras sobreviviese, Aegwynn encerró el cuerpo destrozado dentro de unos de los antiguos muros de Kalimdor que terminó en las profundidades del mar cuando el Pozo de la Eternidad se vino abajo. Aegwynn nunca llegaría a saber que hizo justamente lo que Sargeras pretendía. Sin saberlo, selló el destino del mundo mortal, ya que Sargeras, en el momento de su muerte corpórea, transfirió su espíritu al debilitado cuerpo de Aegwynn. Sin que la joven guardiana fuera consciente de ello, Sargeras permanecería encubierto en las profundidades más oscuras de su alma durante muchos años.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Lun Jul 05, 2010 1:10 pm

>>Arathor y las guerras trols

Cuando los altos elfos hacían frente al feroz ataque de los trols, los dispersos humanos nómadas de Lordaeron lucharon por consolidar sus propias tierras tribales. Las antiguas tribus humanas atacaban asentamientos hermanos sin contemplar valores tales como la unificación racial o el honor. No obstante, una tribu conocida como los arathi advirtió que los trols se estaban convirtiendo en una amenaza demasiado importante como para ignorarla. Los arathi deseaban dominar a las demás tribus para unificar fuerzas contra el ejército trol. En seis años, los astutos arathi se mostraron más hábiles y derrotaron a las tribus rivales. Tras cada victoria, los arathi ofrecieron paz e igualdad al pueblo conquistado, obteniendo la lealtad de los pueblos derrotados. Finalmente, la tribu de los arathi conquistó numerosas tribus dispares, logrando que su ejército creciera de forma significativa.
Confiando en su capacidad de contener a las bandas de los trols con sus tropas o, incluso, con los aislados elfos si era necesario, los señores de la guerra arathi decidieron construir una poderosa ciudad fortificada en las tierras del sur de Lordaeron. La ciudad estado, llamada Strom, se convirtió en la capital de la nación arathi, Arathor. A medida que Arathor prosperaba, los humanos que habitaban en todo el continente viajaban hacia el sur para garantizar la protección y la seguridad de Strom. Unidos bajo la misma bandera, las tribus humanas desarrollaron una cultura sólida y optimista. Thoradin, rey de Arathor, sabía que los elfos misteriosos de las tierras del norte padecían el constante asedio de los trols, pero se negó a arriesgar la seguridad de su gente en defensa de los desconocidos. Varios meses después, llegaron rumores del norte sobre una supuesta derrota de los elfos. De no ser porque los embajadores de Quel’Thalas llegaron agotados a Strom, Thoradin no se habría percatado de la magnitud de la amenaza de los trols.
Los elfos informaron a Thoradin acerca del tamaño de los ejércitos de los trols, asegurando que una vez que estos hubieran destruido Quel’Thalas, irían a las tierras del sur para atacarlas. Los elfos, desesperados, ante la necesidad real de ayuda militar, accedieron a enseñar a unos cuantos humanos escogidos a utilizar la magia a cambio de su ayuda para combatir a las bandas trol.
Thoradin, receloso ante cualquier tipo de magia, aceptó ayudar a los elfos. Casi de inmediato, los hechiceros élficos llegaron a Arathor y empezaron a instruir a un grupo de humanos en las artes de la magia. Los elfos observaron que, si bien los humanos eran torpes por naturaleza en el uso de la magia, mostraban, por el contrario, una natural afinidad hacia todo lo mágico. Cien hombres adquirieron conocimientos básicos sobre los secretos mágicos de los elfos: solo los que eran absolutamente necesarios para combatir a los trols. Convencidos de que sus discípulos humanos estaban preparados para ayudarles en la lucha, los elfos abandonaron Strom y viajaron hacia el norte junto con los poderosos ejércitos del rey Thoradin.
Los ejércitos unidos de los elfos y los humanos se enfrentaron a las incontenibles bandas de guerra trol al pie de las montañas de Alterac. La batalla duró varios días, pero los constantes ejércitos de Arathor no se cansaban ni cedían un ápice de terreno al ataque trol. Los señores élficos consideraron que había llegado el momento de liberar los poderes de su magia sobre el enemigo. Los cien magos humanos y la multitud de hechiceros élficos invocaron la furia de los cielos, prendiendo fuego a los ejércitos de los trols. Los fuegos elementales impidieron que los trols regeneraran sus heridas y quemaron sus cuerpos torturados desde las entrañas hasta la superficie. Cuando los ejércitos trol se desmoronaron e intentaron huir, las tropas de Thoradin les dieron caza y aniquilaron hasta el último de los Soldados trol. Los trols jamás se recuperarían por completo de su derrota y la historia jamás volvería a presenciar su ascenso como nación. Seguros de que Quel'Thalas estaba a salvo de la destrucción, los elfos prometieron lealtad y amistad hacia la nación de Arathor y el linaje de su rey, Thoradin. Los humanos y los elfos establecerían una relación pacífica durante los próximos siglos.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Mar Jul 06, 2010 10:09 am

>> Más allá de El Portal Oscuro

Unos pocos meses tras el final de la batalla de Nethergarde, las fuerzas del Portal Oscuro se unieron y abrieron una nueva entrada a Draenor. Los clanes orcos restantes, bajo el mando del anciano chamán Ner’zhul, volvieron a atacar Azeroth. En el intento de robar ciertos artefactos mágicos que aumentarían el poder de Ner'zhul, los orcos planearon abrir nuevos portales en Draenor que les permitieran escapar a su mundo maldito para siempre. Convencidos de que Ner'zhul estaban planeando una nueva ofensiva contra la Alianza, el rey Terenas de Lordaeron envió sus tropas a Draenor para acabar con la amenaza orca de una vez por todas. Bajo las órdenes de Khadgar y el general Turalyon, las fuerzas de la Alianza pelearon contra los orcos en las tierras ardientes. Aun con la ayuda de la élfica capitana forestal Alleria, el enano Kurdran y el Soldado veterano Danath, Khadgar no pudo evitar que Ner'zhul abriera sus portales a otros mundos.
Las terribles tormentas mágicas causadas por las energías convergentes de los portales empezaron a destruir el mundo, ya devastado. Ner'zhul, seguido de sus más fieles siervos, logró escapar a través de uno de los portales, mientras Khadgar luchaba desesperadamente para devolver a sus compañeros a Azeroth. Ante la certeza de que estaban atrapados en el mundo agonizante, Khadgar y sus compañeros decidieron destruir el Portal Oscuro para evitar que Azeroth fuera destruido por el violento ataque de Draenor. Según cuentan todos, los héroes lograron destruir el portal y salvar a Azeroth, pero tanto si escaparon como si no, el terrible final de Draenor resulta evidente.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Mar Jul 06, 2010 10:12 am

>> Guerra civil en las Tierras de la Peste

Ner'zhul, el Rey Exánime, sabía que le quedaba poco tiempo. Prisionero en el Trono de Hielo, sospechaba que Kil'jaeden enviaría a sus agentes para destruirlo. El daño causado por el encantamiento de Illidan había roto el Trono de Hielo. De esa manera, el Rey Exánime perdía su poder diariamente. Desesperado por salvarse, trajo a su lado a su mayor sirviente mortal: el caballero de la Muerte, el príncipe Arthas. Aunque sus poderes fueron consumidos por la debilidad del Rey Exánime, Arthas participó en una guerra civil en Lordaeron. La mitad de las fuerzas de no-muertos aún en pie, conducidos por el alma en pena Sylvanas Brisaveloz, dieron un golpe de mano para controlar el imperio de los no-muertos. Arthas, llamado por el Rey Exánime, fue obligado a abandonar la Plaga en manos de su lugarteniente, Kel'Thuzad, cuando la guerra se extendió por las Tierras de la Peste.
Finalmente, Sylvanas y sus no-muertos rebeldes (conocidos como los Renegados) reclamaron la propiedad de la destruida ciudad capital de Lordaeron. Tras construir su propio bastión bajo la ciudad en ruinas, los Renegados juraron derrotar a la Plaga y expulsar a Kel'Thuzad y a sus esbirros de aquellas tierras. Debilitado, pero decidido a salvar a su maestro, Arthas llegó a Rasganorte para descubrir que los nagas y los elfos de sangre de Illidan estaban esperándole. Él y sus aliados nerubianos lucharon contra las fuerzas de Illidan para alcanzar el Glaciar Corona de Hielo y defender el Trono de Hielo.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Mar Jul 06, 2010 4:27 pm

>> El exilio de los elfos nobles

Con el transcurso de los siglos, la nueva sociedad de los elfos de la noche se fortaleció y se expandió por el bosque en ciernes conocido como Vallefresno. Muchas de las criaturas y especies que abundaban antes del Gran Cataclismo, como los fúrbolgs y los jabaespines, reaparecieron y prosperaron en aquellas tierras. Bajo la benévola mirada de los druidas, los elfos de la noche disfrutaron de una era de paz y tranquilidad sin precedentes bajo las estrellas. No obstante, muchos de los Altonato supervivientes estaban cada vez más inquietos. Al igual que Illidan, tuvieron que retirarse ante la pérdida de sus codiciados poderes. Se vieron tentados a extraer las energías del Pozo de la Eternidad y reiniciar sus prácticas en el terreno de la magia. Dath'Remar, el extrovertido líder de los Altonato, empezó a burlarse abiertamente de los druidas, llamándolos cobardes por negarse a utilizar la magia que consideraban suya por derecho. Malfurion y los druidas hicieron caso omiso a los argumentos de Dath'Remar y advirtieron a los Altonato que cualquier uso de la magia sería castigado con la muerte. En un insolente y desventurado intento de convencer a los druidas de revocar sus leyes, Dath’Remar y sus seguidores desataron una terrible tormenta mágica sobre Vallefresno.
Los druidas no podían soportar la idea de ver morir a los suyos, por lo que decidieron desterrar a los insensatos Altonato de sus tierras. Dath'Remar y sus seguidores, satisfechos por librarse al fin de sus primos conservadores, embarcó en varios navíos especialmente diseñados y se fue a recorrer los mares. Si bien ninguno de ellos sabía lo que les aguardaba al otro lado de las aguas de la tempestuosa Vorágine, deseaban fundar un nuevo territorio en donde poner en práctica sus codiciados poderes con total impunidad. Los Altonato o Quel'dorei, como Azshara los había llamado en épocas pasadas, desembarcaron en la tierra del este llamada Lordaeron por sus habitantes. Planearon construir allí su propio reino mágico llamado Quel’Thalas, rechazando los preceptos de los elfos de la noche que los hacía venerar a la luna y a desarrollar actividades nocturnas. De ahí en adelante, adoraron al sol y se llamaron a sí mismos altos elfos.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Mar Jul 06, 2010 4:29 pm

>> Forjaz: El despertar de los enanos

En la antigüedad, cuando los titanes partieron de Azeroth, sus hijos, conocidos como los terráneos, continuaron dando forma y vigilando los oscuros recovecos del planeta. Los terráneos eran indiferentes a los asuntos de las razas que poblaban la superficie y solo les interesaba sondear las lóbregas profundidades de la tierra. Los terráneos quedaron muy afectados tras la implosión del Pozo de la Eternidad que había destruido el planeta. Al no poder recuperarse del dolor causado por la destrucción de la tierra, los terráneos perdieron gran parte de su identidad y se encerraron en las cámaras de piedra en las que habían sido creados inicialmente. Uldaman, Uldum, Ulduar... eran los nombres de las antiguas ciudades de los titanes que los terráneos habían construido al principio. Enterrados en las profundidades del planeta, los terráneos descansaron en paz durante casi ocho mil años.
Aunque se desconoce qué fue lo que los despertó, los terráneos confinados en Uldaman finalmente despertaron de su sueño auto impuesto. Se dieron cuenta de que habían cambiado significativamente durante la hibernación. Sus rocosos pelajes se habían suavizado, convirtiéndose en tersas pieles, mientras que sus poderes sobre la piedra y la tierra habían menguado. Se habían convertido en criaturas mortales. Los últimos terráneos se hicieron llamar enanos y abandonaron las salas de Uldaman para aventurarse en el mundo de los seres despiertos. Adormecidos aún por la paz y las maravillas de las profundidades, fundaron un vasto reino bajo la montaña más alta de la tierra. Llamaron a su tierra Khaz Modan, o "Montaña de Khaz", en honor a su creador, el titán Khaz'goroth. Al construir un altar para su padre titán, los enanos crearon una gran fragua en el corazón de la montaña. Por ello, la ciudad que creció en torno a la fragua recibió el nombre de Forjaz. Los enanos, fascinados por la talla de la piedra y las gemas, se dedicaron a excavar las montañas vecinas para encontrar ricos y preciosos minerales. Satisfechos con sus trabajos subterráneos, permanecían aislados de lo que acontecía a sus vecinos de la superficie.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 07, 2010 12:13 am

>> Kil´jaeden y el pacto de las sombras

En la época del nacimiento de Medivh en Azeroth, Kil’jaeden el Impostor daba vuelta entre sus seguidores en El Vacío Abisal. El astuto señor de los demonios, bajo las órdenes de su maestro Sargeras, estaba planeando la segunda invasión de Azeroth por parte de la Legión Ardiente. Ahora no se podía cometer ningún error. Kil'jaeden suponía que necesitaban nuevas fuerzas para debilitar las defensas de Azeroth incluso antes de que la Legión pudiera poner un pie en el mundo. Si las razas mortales, como los elfos de la noche y los dragones, fueran obligadas a hacer frente a una nueva amenaza, estarían demasiado debilitadas para oponer resistencia real cuando llegara la verdadera invasión de la Legión. Fue entonces cuando Kil'jaeden descubrió el exuberante mundo de Draenor flotando apaciblemente en el interior de la Gran Oscuridad del Más Allá. Hogar de los orcos organizados en clanes de inspiración chamánica y de los pacíficos draenei, Draenor era tan idílico como extenso. Los nobles clanes de los orcos vagaban por las extensas praderas y cazaban por deporte, mientras los curiosos draenei construían rudimentarias ciudades dentro de los altísimos acantilados y picos del mundo. Kil'jaeden sabía que, en el caso de que fueran adecuadamente adiestrados, los moradores de Draenor tenían un gran potencial para servir a la Legión Ardiente. De las dos razas, Kil'jaeden vio que los orcos guerreros eran más susceptibles de sucumbir a la corrupción de la Legión. Se ocupó de embelesar al chamán orco más viejo, Ner’zhul, de la misma manera que, en el pasado, Sargeras puso a la reina Azshara bajo su control. Utilizando al astuto chamán como su conducto, el demonio extendió el deseo de lucha y el salvajismo entre los clanes orcos.
No pasó mucho tiempo antes de que la raza espiritual se transformara en un pueblo sediento de sangre. Luego, Kil'jaeden urgió a Ner'zhul y a su gente a que dieran el último paso: dedicarse en cuerpo y alma a la guerra y a la muerte. Aun así, el viejo chamán, sintiendo que su gente iba a ser esclavizada en el odio para siempre, mostró resistencia ante las órdenes del demonio.
Frustrado por la resistencia de Ner'zhul, Kil'jaeden buscó a otro orco que pudiera poner a su pueblo en las manos de la Legión. Finalmente, el astuto señor de los demonios encontró al discípulo dispuesto que buscaba: Gul'dan, el ambicioso aprendiz de Ner'zhul. A cambio de su obediencia ciega, Kil'jaeden prometió a Gul'dan poderes inefables.
El joven orco se convirtió en un ávido estudiante de magia demoníaca y se transformó en el brujo mortal más poderoso de la historia. Enseñó a otros jóvenes orcos las artes Arcanas y se esforzó por erradicar las tradiciones chamánicas de los orcos. Gul'dan enseñó una nueva clase de magia a sus hermanos, un nuevo poder terrible que apestaba a condena. Kil'jaeden, en el deseo de aumentar su dominio sobre los orcos, ayudó a Gul'dan a encontrar al Consejo de la Sombra, una secta secreta que manipulaba a los clanes y extendía el uso de la brujería por todo Draenor. A medida que más y más orcos ejercieron las artes de brujería, los suaves campos y las corrientes de Draenor comenzaron a mancillarse y a desvanecerse. Con el tiempo, las vastas praderas que los orcos habían considerado su hogar durante generaciones, se marchitaron, dejando exclusivamente estériles suelos rojizos. Lentamente, las energías demoníacas estaban acabando con el mundo.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 07, 2010 10:23 am

>> El monte Hyjal y el obsequio de Illidan

Los escasos elfos de la noche que sobrevivieron a la explosión se subieron a rústicas balsas y lentamente se dirigieron a la única masa de tierra visible. De algún modo, por la gracia de Elune, Malfurion, Tyrande y Cenarius sobrevivieron al Gran Cataclismo. Los maltrechos héroes guiaron a sus compañeros supervivientes y se establecieron en un nuevo lugar. Mientras viajaban en silencio, examinaron los restos de la catástrofe y comprendieron que sus pasiones habían sido la causa de la destrucción del planeta. Aunque Sargeras y su Legión habían sido aniquilados por la destrucción del Pozo, Malfurion y sus compañeros sobrevivieron para reflexionar sobre el terrible precio de la victoria. Por su parte, muchos Altonato salieron ilesos del cataclismo. Se dirigieron a las costas de la nueva tierra, junto con los otros elfos de la noche. Aunque Malfurion desconfiaba de los Altonato, estaba tranquilo porque no podían causar verdadero daño sin las energías del Pozo. Cuando los elfos de la noche arribaron a las costas de la nueva tierra, advirtieron que Hyjal, la montaña sagrada, había sobrevivido a la catástrofe. Con la intención de establecer un nuevo hogar para todos, Malfurion y los elfos de la noche subieron por las laderas del Monte Hyjal y llegaron a la cima azotada por el viento. Al descender en la boscosa hondonada, entre los enormes picos de las montañas encontraron un pequeño lago de aguas mansas. Aterrorizados, descubrieron que las aguas del lago estaban contaminadas por la magia. Illidan, que también había sobrevivido al Diluvio, había subido a la cima del Monte Hyjal mucho antes que Malfurion y sus elfos de la noche. En su locura por conservar un reducto para la magia en el mundo, Illidan volcó en el lago de la montaña el contenido de sus viales: las preciosas aguas del Pozo de la Eternidad. Las potentes energías del Pozo ardieron rápidamente y se fusionaron para crear un nuevo Pozo de la Eternidad. El exultante Illidan, que creía que el nuevo Pozo era un regalo para las futuras generaciones, se sorprendió al advertir la ira de Malfurion. Este explicó a su hermano que la magia era inherentemente caótica y que su uso conduciría inevitablemente a la propagación de la corrupción y la guerra. No obstante, Illidan se negó a renunciar a sus poderes mágicos.
Conociendo de sobra hacia dónde conducirían los implacables planes de Illidan, Malfurion decidió neutralizar de una vez por todas a su hermano enloquecido por el poder. Con la ayuda de Cenarius, Malfurion encerró a Illidan en un gran túmulo subterráneo, en el que permanecería encadenado e impotente hasta el final de sus días. Para garantizar el confinamiento de su hermano, Malfurion encargó a la joven celadora Maiev Cantosombrío la tarea de vigilar personalmente a Illidan. Preocupado ante la certeza de que la destrucción del nuevo Pozo conllevaría una catástrofe aún mayor, los elfos de la noche decidieron dejarlo en su lugar. No obstante, Malfurion declaró que nadie volvería jamás a practicar las artes de la magia. Bajo la mirada atenta de Cenarius, empezaron a estudiar las antiguas artes de los druidas con el propósito de sanar el planeta herido y replantar sus bosques amados en la base del Monte Hyjal.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 07, 2010 10:24 am

>> El levantamiento de los elfos de sangre

En ese tiempo, la Plaga de los no-muertos había convertido Lordaeron y Quel'Thalas en las tóxicas Tierras de la Peste. Hubo muy pocas bolsas de resistencia de la Alianza que le hicieran frente. Uno de estos grupos, que constaba fundamentalmente de elfos nobles, estaba dirigido por el último miembro de la dinastía Caminante del Sol: el príncipe Kael'thas.
Kael, un experimentado zahorí, se mostró receloso ante el fracaso de la Alianza. Los elfos nobles se lamentaron por la pérdida de su hogar y decidieron llamarse a sí mismos elfos de sangre, en honor a sus caídos. Aun así, como intentaron mantener a la Plaga a raya, sufrieron enormemente al quedar aislados de La Fuente del Sol que les había transmitido su poder. Desesperado al intentar encontrar un remedio para la adicción racial de su gente hacia la magia, Kael hizo lo impensable: adoptó al ancestro Altonato de su pueblo y se unió con Illidan y sus nagas con la esperanza de encontrar una nueva fuente de poder mágico que les transmitiera su energía. Los demás Comandantes de la Alianza consideraron traidores a los elfos de sangre y los desterraron por el bien de la comunidad.
Sin ningún lugar adonde ir, los elfos de sangre siguieron a Lady Vashj hasta Terrallende para combatir a la celadora Maiev, que había vuelto a capturar a Illidan. Con las fuerzas conjuntas de los nagas y los elfos de sangre, lograron derrotar a Maiev y liberar a Illidan. Instalado en Terrallende, Illidan reunió a sus fuerzas para golpear por segunda vez al Rey Exánime y a su fortaleza de Corona de Hielo.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 07, 2010 4:35 pm

>> Sargeras y la traicion

Con el tiempo, seres demoníacos lograron entrar en los mundos de los titanes desde El Vacío Abisal y el Panteón eligió a Sargeras, su guerrero más destacado, para combatir en primera línea. Noble gigante de bronce fundido, Sargeras desempeñó su papel durante incontables milenios, buscando y destruyendo a los demonios allí por donde iba. Durante millones de años, Sargeras se enfrentó a dos poderosas razas demoníacas, las cuales se habían propuesto obtener el poder y el dominio sobre el universo físico. Los Eredar, una raza insidiosa de malignos hechiceros, utilizó la brujería para invadir y dominar diversos mundos. Las razas autóctonas de estos planetas experimentaron mutaciones causadas por los malignos poderes de los Eredar y se convirtieron en demonios. Si bien los poderes casi ilimitados de Sargeras fueron más que suficientes para derrotar a los malvados Eredar, tuvo grandes problemas generados por la corrupción de las criaturas y al mal que todo lo consume. Incapaz de comprender tanta depravación, el gran titán cayó en una amarga depresión. A pesar de su creciente malestar, Sargeras liberó al universo de la presencia de los brujos, recluyéndolos en un rincón de El Vacío Abisal.
Mientras su confusión y tristeza crecían, Sargeras se vio obligado a luchar contra otro intento del grupo de perturbar el orden de los titanes: los Nathrezim. Esta raza oscura de demonios vampíricos (también conocidos como señores del terror), conquistó varios planetas densamente poblados, poseyendo a sus habitantes y convirtiéndolos en sombras.
Los nefastos e intrigantes señores del terror enfrentaron a todas las naciones entre sí, manipulándolas hasta el odio irreflexivo y la desconfianza. Sargeras derrotó a los Nathrezim fácilmente, pero su corrupción lo afectó profundamente.
Puesto que la duda y la desesperación ensombrecieron los sentidos de Sargeras, perdió toda la fe no solo en su misión, sino también en la visión que los titanes tenían de un universo ordenado. Finalmente, llegó a creer que el concepto de orden era una locura, y que el caos y la depravación eran los valores absolutos del oscuro y solitario universo.
Sus compañeros titanes intentaron persuadirlo de su error y apaciguar su trastorno, pero él no creyó en las afirmaciones optimistas de los titanes, considerándolas engaños y artimañas interesadas. Abandonando a sus compañeros para siempre, Sargeras partió en busca de su propio lugar en el universo. Si bien el Panteón lamentaba su partida, los titanes no podían imaginar hasta dónde llegaría su hermano extraviado.
Cuando la locura de Sargeras había consumido los últimos vestigios de su valiente espíritu, llegó a creer que los propios titanes eran los responsables del error de la creación. Finalmente, decidió cambiar las cosas en todo el universo, creando un ejército imparable capaz de destruir todo el universo físico. Incluso la forma titánica de Sargeras experimentó una deformación ocasionada por la corrupción que había poseído su otrora noble corazón. Sus ojos, sus cabellos y su barba desprendían fuego, y su piel color bronce se cuarteó, revelando un manantial de furia abrasadora. En su ira, Sargeras echó abajo las prisiones de los Eredar y los Nathrezim, liberando a los repugnantes demonios. Estas malvadas criaturas se inclinaban ante la inconmensurable furia del titán oscuro y ofrecieron servirle de todas las formas posibles. Entre las filas de los poderosos Eredar, Sargeras eligió a dos campeones para dirigir a su demoníaco ejército de destrucción.
Kil'jaeden el Impostor fue elegido para reclutar a las razas más oscuras del universo y alistarlas en las filas de Sargeras. El segundo Campeón, Archimonde el Rapiñador, fue elegido para dirigir los vastos ejércitos de Sargeras en la lucha contra todo el que se resistiera a la voluntad del titán. La primera medida de Kil'jaeden fue esclavizar a los vampíricos señores del terror bajo su terrible poder. Los señores del terror actuaban como agentes personales del titán por todo el universo, eligiendo para su maestro razas primitivas susceptibles de ser corrompidas y doblegadas. El primer señor del terror era Tichondrius el Ensombrecedor. Tichondrius era el Soldado perfecto de Kil'jaeden y accedió a propagar el mal abrasador de Sargeras por todos los rincones oscuros del universo. Archimonde también otorgó poderes a sus propios agentes. Congregando a los malvados señores del infierno y a su bárbaro líder Mannoroth el Destructor, Archimonde preparó una élite de guerra capaz de exterminar todo rastro de vida de la creación.
Cuando Sargeras vio que tenía un ejército poderoso y listo para seguir todas sus órdenes, lo hizo rastrear todos los rincones de la Gran Oscuridad. Llamó a su ejército la Legión Ardiente. Hasta el momento, no se sabe cuántos planetas han sido exterminados por este ejército en su nefasta Cruzada Ardiente por todo el universo.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 07, 2010 4:53 pm

>> La alianza de Lordaeron

Lothar reunió los restos de los ejércitos de Azeroth tras su derrota en el Castillo de Ventormenta y luego puso en marcha un éxodo masivo por mar hacia el norteño reino de Lordaeron. Convencido de que si no se controlaba a la Horda, derrotaría a toda la humanidad, los líderes de las siete naciones humanas se reunieron y acordaron unir esfuerzos en lo que se conocería como la Alianza de Lordaeron. Por primera vez en prácticamente tres mil años, las naciones separadas de Arathor estaban unidas una vez más bajo un estandarte común. Nombrado Comandante Mayor de las Fuerzas Aliadas, Lord Lothar preparó a sus ejércitos para hacer frente a la llegada de la Horda. Ayudado por sus lugartenientes, Uther el Luminoso, el almirante Daelin Valiente y Turalyon, Lothar fue capaz de convencer a las razas semihumanas de Lordaeron de la inminente amenaza. La Alianza obtuvo el apoyo de los estoicos enanos de Forjaz y de un pequeño número de elfos nobles de Quel'Thalas.
Los elfos, dirigidos en aquel tiempo por Anasterian Caminante del Sol, no estaban interesados en modo alguno en el conflicto que se aproximaba. Sin embargo, estaban dispuestos a ayudar a Lothar, ya que se trataba del último descendiente de la línea de sangre arathi, que había ayudado a los elfos en el pasado. La Horda, ahora dirigida por el Jefe de Guerra Martillo Maldito, trajo ogros procedentes de su hogar de Draenor y reclutó trols procedentes del bosque de Amani. Comprometidos en una campaña masiva para borrar el reino enano de Khaz Modan y los límites sureños de Lordaeron, la Horda diezmó casi sin esfuerzo cualquier clase de oposición
Las épicas batallas de la Segunda Guerra incluyeron desde escaramuzas navales a gran escala hasta ataques aéreos masivos. De alguna manera, la Horda logró desenterrar un poderoso artefacto conocido como Alma demoníaca y lo utilizó para esclavizar a Alexstrasza, antigua reina de los dragones. Amenazando destruir sus preciosos huevos, la Horda obligó a Alexstrasza a enviar a sus hijos mayores a la guerra. Los nobles dragones rojos fueron obligados a luchar para la Horda y eso es lo que hicieron.
La guerra rugió a través de los continentes de Khaz Modan, Lordaeron y el propio Azeroth. Como parte de su campaña en el norte, la Horda consiguió incendiar las tierras fronterizas de Quel'Thalas y, de esta manera, se aseguraron el compromiso final de los elfos con la causa de la Alianza. Las ciudades y los pueblos más grandes de Lordaeron quedaron destruidos y devastados por el conflicto. A pesar de la ausencia de refuerzos y de que todas las probabilidades estaban en contra, Lothar y sus aliados lograron mantener a sus enemigos a raya. Sin embargo, durante los días finales de la Segunda Guerra, cuando la victoria de la Horda parecía casi garantizada, una terrible contienda surgió entre los dos orcos más poderosos de Azeroth. Cuando Martillo Maldito preparaba su asalto final a la ciudad capital de Lordaeron, un asalto que habría de destruir las últimas reservas de la Alianza, Gul'dan y sus seguidores abandonaron sus puestos y marcharon hacia el mar.
El perplejo Martillo Maldito, habiendo perdido prácticamente la mitad de sus fuerzas a causa de la traición de Gul'dan, se vio obligado a retroceder y a olvidar la posibilidad de obtener la mayor victoria contra la Alianza.
Gul'dan, hambriento de poder y obsesionado con convertirse en un dios, se lanzó a una carrera desesperada para llegar hasta la tumba sumergida de Sargeras, que creía guardaba los secretos de un gran poder. Habiendo condenado a sus compañeros orcos a convertirse en esclavos de la Legión Ardiente, Gul'dan consideraba que no le debía nada a Martillo Maldito.
Con el apoyo de los clanes Cazatormentas y Martillo Crepuscular, Gul'dan logró extraer la tumba de Sargeras del lecho marino. Sin embargo, cuando abrió la antigua e inundada bóveda, solo halló demonios enloquecidos que lo aguardaban.
Con la intención de castigar a los díscolos orcos por su costosa traición, Martillo Maldito envió sus fuerzas para acabar con Gul'dan y traer a los renegados de vuelta al redil. Por su imprudencia, Gul'dan fue destrozado por los demonios enloquecidos que había liberado. Con su líder muerto, los clanes renegados cayeron rápidamente ante las enfurecidas legiones de Martillo Maldito. Aunque la rebelión había sido aplastada, la Horda fue incapaz de recuperarse de las terribles pérdidas que había sufrido. La traición de Gul'dan había permitido que la Alianza no solo renovara sus esperanzas, sino que le había concedido tiempo para reagruparse y contraatacar.
Lothar, viendo que la Horda estaba fracturada desde dentro, reunió al resto de sus fuerzas y empujó a Martillo Maldito hacia el sur, obligándole a internarse en el destruido corazón de Ventormenta. Allí, las fuerzas de la Alianza atraparon a la Horda en retirada, dentro de la fortaleza volcánica Cumbre de Roca Negra. Aunque Lord Lothar cayó en la batalla en la base de la cumbre, su lugarteniente Turalyon volvió a reunir a las fuerzas de la Alianza en la hora undécima y empujó nuevamente a la Horda hacia el abismo del Pantano de las Penas. Las fuerzas de Turalyon lograron destruir el Portal Oscuro, la puerta mística que conectaba a los orcos con su hogar de Draenor. Sin posibilidades de obtener refuerzos y fracturada por las luchas internas, la Horda finalmente se derrumbó y terminó sucumbiendo al poder de la Alianza. Los dispersos clanes orcos fueron rápidamente rodeados y conducidos a campos de internamiento vigilados. Aunque parecía que la Horda había sido derrotada para bien, algunos fueron muy escépticos acerca de la posibilidad de la paz. Khadgar, convertido en archimago de cierto renombre, persuadió al alto mando de la Alianza para que construyera la Fortaleza de Nethergarde, que vigilaría las ruinas del Portal Oscuro y garantizaría que no se produjeran futuras invasiones procedentes de Draenor.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Jue Jul 08, 2010 10:33 am

>> El ascendiente traidor

Durante la invasión de Vallefresno por parte de la Legión, Illidan fue liberado de su prisión tras diez mil años de cautividad. Aunque intentó apaciguar a sus compañeros, pronto recuperó su verdadera forma y consumió las energías de un poderoso artefacto de hechicero conocido como el Cráneo de Gul'dan. Con ello, Illidan desarrolló poderes magníficos y rasgos demoníacos. Asimismo, logró hacerse con algunos de los viejos recuerdos de Gul'dan: especialmente los que hacían referencia a la tumba de Sargeras, la isla mazmorra en donde se decía que estaban los restos de Sargeras, el titán oscuro. Transido de poder y libre para vagar por el mundo una vez más, Illidan procuró encontrar su sitio en el mundo. Sin embargo, Kil'jaeden se enfrentó a Illidan y le hizo una oferta que no podía rechazar. Kil'jaeden estaba enfadado por la derrota de Archimonde en el monte Hyjal, pero tenía preocupaciones más importantes que la venganza. Viendo que su creación, el Rey Exánime, estaba adquiriendo demasiado poder como para ser controlada, Kil'jaeden ordenó a Illidan destruir a Ner'zhul y poner fin, de una vez por todas, a la Plaga de los no-muertos. A cambio, Illidan recibiría poderes ilimitados y un puesto entre los señores restantes de la Legión Ardiente. Illidan accedió y se dirigió de inmediato a destruir el Trono Helado, la urna de cristal congelada en la que residía el espíritu del Rey Exánime. Illidan sabía que necesitaría un poderoso artefacto para destruir el Trono Helado. Utilizando el conocimiento que obtuvo a partir de los recuerdos de Gul'dan, Illidan decidió localizar la tumba de Sargeras y reclamar los restos del titán oscuro. Exigió el pago inmediato de algunas viejas deudas de los Altonato y atrajo a los nagas serpenteantes, que habitaban en su oscura guarida bajo el mar. Dirigidos por la astuta Lady Vashj, los nagas ayudaron a Illidan a alcanzar las Islas Quebradas, en donde se rumoreaba estaba la tumba de Sargeras.
Cuando Illidan partió junto con los nagas, la celadora Maiev Cantosombrío comenzó a darle caza. Maiev había sido la carcelera de Illidan durante diez mil años y estaba entusiasmada ante la perspectiva de poder volverlo a capturar. Sin embargo, Illidan burló a Maiev y a sus guardianes y, a pesar de sus esfuerzos, logró reclamar el Ojo de Sargeras. Con el poderoso Ojo en sus manos, Illidan se dirigió a la antigua ciudad zahorí de Dalaran. Reforzado por las líneas de poder de la ciudad, Illidan utilizó el Ojo para formular un encantamiento destructivo contra la Ciudadela de la Corona de Hielo del Rey Exánime, situada en el distante Rasganorte. El ataque de Illidan destruyó las defensas del Rey Exánime y produjo una ruptura en el techo del mundo. En el último momento, el encantamiento destructivo de Illidan fue detenido cuando su hermano Malfurión y la sacerdotisa Tyrande acudieron en ayuda de Maiev. Sabiendo que a Kil'jaeden no le complacería su fracaso a la hora de destruir el Trono Helado, Illidan se dirigió a la dimensión baldía conocida como Terrallende: los últimos restos de Draenor, el antiguo hogar de los orcos. Allí planeó cómo escapar de la ira de Kil'jaeden y caviló acerca de sus próximos movimientos. Tras lograr el éxito deteniendo a Illidan, Malfurion y Tyrande regresaron al bosque de Vallefresno para ayudar a su gente. Sin embargo, Maiev no abandonó tan fácilmente, y persiguió a Illidan hasta Terrallende, decidida a ponerlo en manos de la justicia.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Jue Jul 08, 2010 10:37 am

>> El portal oscuro y la caida de Ventormenta

Mientras Kil'jaeden preparaba a la Horda para su invasión de Azeroth, Medivh continuaba luchando por su alma contra Sargeras. El rey Llane, noble monarca de Ventormenta, recelaba de la oscuridad que parecía contaminar el espíritu de su nuevo amigo. El rey Llane compartió sus preocupaciones con Anduin Lothar, el último descendiente de la línea de sangre arathi, a quien nombró su lugarteniente. Aun así, ningún hombre podía imaginar que el lento descenso de Medivh hacia la locura causaría los horrores que estaban por llegar. Como incentivo final, Sargeras prometió otorgar un gran poder a Gul'dan si accedía a conducir la Horda a Azeroth. A través de Medivh, Sargeras dijo al brujo que se podía convertir en un dios viviente si localizaba la tumba sumergida donde la guardiana Aegwynn había colocado el cuerpo inútil de Sargeras hacía casi mil años. Gul'dan accedió y decidió que, una vez que los moradores de Azeroth fueran derrotados, localizaría la legendaria tumba y reclamaría su recompensa. Persuadido de que la Horda serviría a sus propósitos, Sargeras ordenó que comenzara la invasión. Mediante un esfuerzo conjunto, Medivh y los brujos del Consejo de la Sombra lograron abrir la puerta dimensional conocida como Portal Oscuro. Este portal unía la distancia que mediaba entre Azeroth y Draenor y era suficientemente extenso como para que los ejércitos atravesaran su interior. Gul'dan envió exploradores orcos a través del portal para supervisar las tierras que habrían de conquistar. Al regresar, los exploradores aseguraron al Consejo de la Sombra que el mundo de Azeroth estaba listo para ser conquistado. Aun convencido de que la corrupción de Gul'dan destruiría a su gente, Durotan habló una vez más en contra de los brujos. El valiente guerrero afirmó que los brujos estaban destruyendo la pureza del espíritu orco y que esta insensata invasión sería su condena. Gul'dan, que no estaba dispuesto a acabar con un héroe tan popular, envió a Durotan y a su clan Lobo Gélido hacia los confines de este nuevo mundo. Una vez que los exiliados Lobo Gélido arremetieron contra el portal, solo unos pocos clanes orcos les siguieron. Dichos orcos montaron rápidamente una base de operaciones dentro de La Ciénaga Negra, un área oscura e insana situada en el extremo oriental del reino de Ventormenta. Cuando los orcos comenzaron a dividirse y a explorar nuevas tierras, entraron directamente en conflicto con los defensores humanos de Ventormenta.
Si bien estas escaramuzas solían acabar rápidamente, ilustran en gran medida las debilidades y los poderes de ambas especies rivales. Llane y Lothar nunca lograron reunir datos ciertos sobre el número de los orcos y solo podían suponer la magnitud de la fuerza con la que se enfrentaban. Transcurridos algunos años, la mayor parte de los orcos se habían introducido en Azeroth, por lo que Gul'dan consideró que había llegado el momento de asestar el primer golpe contra la humanidad. La Horda lanzó toda su fuerza contra el desprevenido reino de Ventormenta. Cuando las fuerzas de Azeroth y la Horda se enfrentaron por todo el reino, los conflictos internos comenzaron a cobrar su peaje en ambos ejércitos. El rey Llane, que creía que sus bestiales orcos eran incapaces de conquistar Azeroth, desdeñosamente mantuvo su posición en su capital de Ventormenta. Sin embargo, Lothar se convenció de que la batalla debía plantearse directamente al enemigo y se vio obligado a escoger entre sus propias convicciones y su lealtad al rey.
Decidido a seguir sus propios instintos, Lothar asaltó la torre-fortaleza de Karazhan de Medivh con la ayuda del joven aprendiz de zahorí Khadgar. Khadgar y Lothar lograron derrotar al guardián poseído, que consideraron la fuente del conflicto. Sin darse cuenta, al acabar con el cuerpo de Medivh, Lothar y el joven aprendiz desterraron el espíritu de Sargeras al abismo. Como consecuencia de ello, el espíritu puro y virtuoso de Medivh pudo vivir... permitiéndose deambular por el plano astral durante muchos años. Aunque Medivh había sido derrotado, la Horda continuó dominando a los defensores de Ventormenta. Cuando la victoria de la Horda parecía cercana, Orgrim Martillo Maldito, uno de los jefes orcos más grandes, empezó a comprobar por sí mismo la terrible corrupción que se había extendido entre los clanes desde su existencia en Draenor.
Su viejo camarada, Durotan, regresó del exilio y le previno una vez más contra la traición de Gul'dan. Reaccionando rápidamente, los asesinos de Gul'dan acabaron con Durotan y su familia, dejando con vida únicamente a su hijo. Martillo Maldito no supo que el hijo de Durotan fue encontrado por el oficial humano Aedelas Lodonegro y que fue hecho esclavo.

Un día, este niño orco llegaría a convertirse en el líder más grande que vería su pueblo. Indignado por la muerte de Durotan, Orgrim intentó liberar a la Horda de la corrupción demoníaca y, finalmente, asumió el rol de jefe de la Horda, eliminando a la marioneta corrupta de Gul'dan, Puño Negro. Bajo su decisivo liderazgo, la implacable Horda finalmente puso sitio al Castillo de Ventormenta. El rey Llane había subestimado en gran medida el poder de la Horda y pudo observar inerme cómo su reino caía ante los invasores de piel verde. Finalmente, el rey Llane fue asesinado por uno de los asesinos más hábiles del Consejo de la Sombra: el medio orco Garona. Lothar y sus guerreros, regresando a casa desde Karazhan, tenían la intención de contener la pérdida de vidas y salvar su otrora glorioso hogar. Pero regresaron demasiado tarde y encontraron su amado reino convertido en humeantes ruinas. La Horda de orcos continuó asolando el país y reclamando la propiedad de las tierras circundantes. Obligados a ocultarse, Lothar y sus compañeros hicieron un solemne juramento para reclamar su patria natal a cualquier precio.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Jue Jul 08, 2010 4:29 pm

>> Los guardianes de tirisfal

Sin la presencia de los trols en las tierras del norte, los elfos de Quel'Thalas centraron sus esfuerzos en reconstruir su gloriosa tierra. Los ejércitos victoriosos de Arathor volvieron a casa, en las tierras del sur de Strom. La sociedad humana de Arathor creció y prosperó, no obstante Thoradin, temeroso de que su reino se desintegrase al adquirir un tamaño demasiado grande, afirmó que Strom sería el centro del imperio de Arathor. Tras muchos años de paz y crecimiento económico, el poderoso Thoradin murió en edad avanzada, ofreciendo a las jóvenes generaciones de Arathor libertad para expandir el imperio más allá de las fronteras de Strom. Los cien magos originales, que fueron instruidos en la magia por los elfos, ampliaron sus poderes y estudiaron con mayor detenimiento las disciplinas místicas de los hechizos. Estos magos, inicialmente escogidos por su fuerza de voluntad y nobleza de espíritu, siempre habían practicado su magia con cuidado y responsabilidad. No obstante, transmitieron sus secretos y poderes a una nueva generación que no tenía idea de los rigores de la guerra o del principio de moderación.
Estos jóvenes magos empezaron a practicar la magia para darle un uso personal, sin tener en cuenta su responsabilidad hacia sus congéneres. A medida que el imperio creció y adquirió nuevas tierras, los jóvenes magos también se establecieron en las tierras del sur. Mediante el uso de sus poderes místicos, los magos protegían a sus hermanos de las criaturas salvajes de la tierra e hicieron posible la construcción de nuevas ciudades estado en medio de la jungla. No obstante, a medida que aumentaba su poder, los magos se hicieron cada vez más engreídos y se aislaron del resto de la sociedad.
La segunda ciudad estado de Arathor, Dalaran, fue fundada en las tierras del norte de Strom. Muchos magos noveles abandonaron los confines de Strom y viajaron a Dalaran, en donde esperaban usar sus poderes con mayor libertad. Así, emplearon sus habilidades para construir las cimas encantadas de Dalaran y centrarse en la continuación de sus estudios. Los ciudadanos de Dalaran toleraron los esfuerzos de los magos y consolidaron una economía ágil bajo la protección de sus defensores magos. Sin embargo, a medida que aumentaba el número de magos que ponían en práctica sus artes, el manto de realidad que rodeaba Dalaran empezó a resquebrajarse. Los siniestros agentes de la Legión Ardiente, que habían sido desterrados durante la desaparición del Pozo de la Eternidad, se interesaron nuevamente por el planeta, gracias a la atención que en ellos despertaron los hechizos de los magos de Dalaran. Si bien estos demonios relativamente débiles no manifestaban su poder, sí sembraban la confusión y el caos en las calles de Dalaran. La mayoría de estos encuentros demoníacos eran acontecimientos aislados, de manera que los magócratas en el poder hicieron lo que pudieron para mantener estas ceremonias en secreto. Los magos más poderosos fueron enviados a capturar a los escurridizos demonios, pero muchas veces se vieron superados por los solitarios agentes de la imponente Legión.
Transcurridos unos cuantos meses, los supersticiosos campesinos empezaron a sospechar que sus hechiceros gobernantes les estaban ocultando algo terrible. Rumores de revolución empezaron a extenderse por las calles de Dalaran, al tiempo que los ciudadanos paranoicos cuestionaban los motivos y las prácticas de los magos a quienes habían admirado en el pasado. Los magócratas, temiendo que los campesinos se levantarían y que Strom actuaría en su contra, acudieron al único grupo que consideraron capaz de comprender su particular problema: los elfos. Tras conocer las actividades demoníacas de los magócratas en Dalaran, los elfos rápidamente enviaron a sus zahoríes más poderosos hacia tierras humanas. Los zahoríes élficos estudiaron las corrientes energéticas que fluían en Dalaran y realizaron informes detallados sobre toda la actividad demoníaca que encontraron. Concluyeron que, si bien solo había unos cuantos demonios dispersos por aquel territorio, la Legión sí constituía una verdadera amenaza si los humanos continuaban utilizando poderes mágicos. El Consejo de Lunargenta, que gobernaba sobre los elfos de Quel'Thalas, firmó un pacto secreto con los señores magócratas de Dalaran. Los elfos contaron a los magócratas la historia del antiguo continente de Kalimdor y la Legión Ardiente, historia que aún amenazaba al planeta. Advirtieron a los humanos que, siempre que utilizaran la magia, debían proteger a sus ciudadanos de los agentes malvados de la Legión.
Los magócratas propusieron la idea de asignar poderes a un solo Campeón mortal para librar una guerra secreta interminable contra la Legión. Resaltaron que la mayor parte de los humanos no debía saber nada acerca de los Guardianes o de la amenaza de la Legión, para evitar disturbios causados por el miedo y la paranoia. Los elfos aceptaron la propuesta y fundaron una sociedad secreta para supervisar la elección del Guardián, ayudando a contener el aumento del caos en el mundo. La sociedad mantuvo sus reuniones secretas en los Claros de Tirisfal, donde los altos elfos se habían establecido por primera vez en Lordaeron. Así, llamaron a su secta secreta los Guardianes de Tirisfal. Los campeones mortales que fueron elegidos por los Guardianes recibieron increíbles poderes élficos y humanos. Si bien solo podía existir un Guardián cada vez, su poder era tan inconmensurable que podía responder a los ataques de la Legión sin ayuda de nadie en cualquier parte del planeta.
El poder del Guardián era tal, que solo el Consejo de Tirisfal podía elegir a los potenciales sucesores. Cada vez que un Guardián envejecía demasiado, o se cansaba de guardar los secretos de guerra contra el caos, el Consejo elegía a un nuevo Campeón y, bajo un estricto control, transmitían formalmente los poderes del Guardián a su nuevo agente.
Con el transcurso de las generaciones, los Guardianes defendieron a la humanidad de la invisible amenaza de la Legión Ardiente por todo el territorio de Arathor y Quel'Thalas. Arathor creció y prosperó, al tiempo que el uso de la magia se extendió por todo el imperio. Mientras tanto, los Guardianes vigilaban cuidadosamente cualquier señal de actividad demoníaca.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Jue Jul 08, 2010 4:32 pm

>> Los Kaldorei y el Pozo de la Eternidad

Diez mil años antes de que los orcos y los humanos se enfrentaran en la Primera Guerra, el mundo de Azeroth era un vasto continente rodeado por mares infinitos. Aquella masa de tierra, conocida como Kalimdor, albergaba numerosas razas y criaturas dispares, pugnando por sobrevivir entre los salvajes elementos del mundo naciente. En el centro del continente oscuro había un lago misterioso de energías incandescentes. El lago, conocido posteriormente como el Pozo de la Eternidad, fue el corazón de la magia y de los poderes naturales del mundo: Absorbiendo la energía de la Gran Oscuridad infinita del más allá, el Pozo actuaba como fuente mística, lanzando sus poderosos flujos por todo el espacio, diseminando la vida en todas sus formas, variadas y sorprendentes.

A través del tiempo, una tribu primitiva de humanoides nocturnos llegó cautelosamente hasta los confines del fascinante lago encantado. Los nómadas humanoides ferales, atraídos por las extrañas energías del Pozo, fabricaron rudimentarias casas junto a sus serenas orillas. Con el paso del tiempo, el poder cósmico del Pozo afectó a la extraña tribu, haciéndola fuerte, sabia y prácticamente inmortal. La tribu adoptó el nombre de kaldorei, que en su lengua significaba "hijos de las estrellas". Para celebrar el nacimiento de su sociedad, construyeron magníficas estructuras y templos en la periferia del lago.
Los kaldorei, o elfos de la noche, tal como se les conoció posteriormente, adoraban a la diosa de la luna Elune, convencidos de que, durante el día, dormía en las refulgentes profundidades del Pozo. Los antiguos sacerdotes y videntes de los elfos de la noche estudiaron el Pozo con insaciable curiosidad, dedicándose a desentrañar sus insondables secretos y poderes. A medida que su sociedad prosperó, los elfos de la noche exploraron las tierras de Kalimdor y descubrieron a sus innumerables moradores.
Las únicas criaturas que les dieron tregua fueron los antiguos y poderosos dragones. Aunque las enormes bestias serpenteantes solían recluirse, ayudaban en gran medida a proteger las tierras conocidas de potenciales enemigos. Los elfos de la noche creían que los dragones se consideraban los protectores del mundo y que era mejor dejarlos solos con sus secretos. Con el tiempo, la curiosidad de los elfos de la noche les condujo a conocer y entablar amistad con diversos seres poderosos, entre los cuales estaba Cenarius, un semidiós de los bosques primigenios. El benévolo Cenarius simpatizaba con los inquisitivos elfos de la noche y pasaba largas horas instruyéndolos en el conocimiento del mundo natural. Los serenos kaldorei desarrollaron una fuerte empatía por los bosques vivientes de Kalimdor y se deleitaban en el armonioso equilibrio de la naturaleza.
Sin embargo, con el paso del tiempo, que parecía eterno, la civilización de los elfos de la noche se expandió territorial y culturalmente. Sus templos, caminos y viviendas poblaban la totalidad del continente oscuro. Azshara, la bella e inteligente reina de los elfos de la noche, construyó un magnífico e inmenso palacio a la orilla del Pozo, en el que habitaba su servidumbre selecta, rodeada de fastuosas riquezas. La selecta servidumbre, llamada Quel'dorei o nobleza, estaba al servicio de la reina y se consideraba superior al resto de sus hermanos de casta inferior. Si bien la reina Azshara era amada por todos sus súbditos, la nobleza era odiada en secreto por las masas envidiosas.

Azshara, que compartía con los sacerdotes la curiosidad por conocer los secretos del Pozo de la Eternidad, ordenó a la educada nobleza que desentrañara sus misterios y los difundieran por todas partes. Los nobles se enfrascaron en su trabajo y estudiaron el Pozo incansablemente. Con el tiempo, desarrollaron la habilidad de manejar y controlar las energías cósmicas del Pozo. A medida que sus insensatos experimentos avanzaron, los miembros de la nobleza advirtieron que podían usar sus nuevos poderes para crear o destruir a voluntad. Los desafortunados nobles se tropezaron con la magia primitiva y habían resuelto dominarla. Si bien sabían que, si se manipulaba irresponsablemente, la magia era inherentemente peligrosa, Azshara y sus nobles empezaron a practicar sus hechizos con imprudente abandono. Cenarius y muchos de los viejos y eruditos elfos de la noche advirtieron que jugar con las volátiles artes del encantamiento solo podría traer la ruina. Pero Azshara y sus seguidores continuaron extendiendo tenazmente sus incipientes poderes. A medida que sus poderes crecieron, se produjo un cambio evidente en Azshara y los nobles. Los altivos y distantes aristócratas se volvieron cada vez más insensibles y crueles con los demás elfos de la noche. Un oscuro y perturbador manto envolvió la otrora fascinante belleza de Azshara. Se distanció de sus súbditos más cercanos y se negó a tratar con nadie que no fuera sus fieles sacerdotes aristócratas. Un joven y audaz estudiante llamado Furion Tempestira, que había dedicado gran parte del tiempo al estudio de los efectos del Pozo, empezó a sospechar que un terrible poder estaba corrompiendo a los nobles y a su amada reina. Si bien consideraba inconcebible el mal que los acechaba, sabía que las vidas de los elfos de la noche pronto cambiarían para siempre...

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Jue Jul 08, 2010 4:33 pm

>> El triunfante rey exanime

A pesar de su debilidad, Arthas finalmente se mostró más hábil que Illidan y llegó primero hasta el Trono de Hielo. Utilizando su hojarruna Agonía de Escarcha, Arthas destrozó la prisión helada del Rey Exánime y, de esta manera, liberó el yelmo encantado y la coraza de Ner'zhul. Arthas se colocó el yelmo de inimaginable poder sobre su cabeza y se convirtió en el nuevo Rey Exánime. Los espíritus de Ner'zhul y Arthas se fundieron en un único ser poderoso, tal como Ner'zhul había planeado. Illidan y sus tropas fueron obligados a huir hacia Terrallende, mientras que Arthas se convirtió en una de las entidades más poderosas que el mundo jamás había conocido. Actualmente, Arthas, el nuevo e inmortal Rey Exánime, reside en Rasganorte. Se rumorea que está reconstruyendo la Ciudadela de la Corona de Hielo. Su fiel lugarteniente, Kel'Thuzad, dirige la Plaga en las Tierras de la Peste. Sylvanas y sus rebeldes Renegados solo conservan los Claros de Tirisfal, una pequeña parte del reino destrozado por la guerra.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Vie Jul 09, 2010 12:25 am

>> Los dioses antiguos y el orden de azeroth

Desconociendo el empeño de Sargeras en destruir sus grandes hazañas, los titanes continuaron viajando de un planeta a otro, ordenando y sembrando de paz los sitios a los que iban. Durante el trayecto, hallaron un pequeño planeta cuyos habitantes llamaron Azeroth. Cuando los titanes iniciaron la exploración del universo primigenio, encontraron a su paso numerosos enemigos elementales. Estos elementales, que veneraban a una raza de seres de insondable maldad conocida como los dioses antiguos, juraron detener a los titanes y proteger su entorno de la presencia metálica de los invasores. El Panteón, inquieto por las inclinaciones malignas de los dioses antiguos, declararon la guerra a los elementales y a sus maestros oscuros. Los ejércitos de los dioses antiguos actuaban bajo las órdenes de los tenientes elementales más poderosos: Ragnaros el Señor de Fuego, Therazane la Madre Pétrea, Al'Akir el Señor del Viento y Neptulon el Cazamareas. Sus caóticas fuerzas rugieron por todo el universo y se enfrentaron a los colosales titanes. Aunque los elementales tenían un poder más allá de toda comprensión, sus fuerzas conjuntas no podían detener a los invencibles titanes. Uno a uno, los señores elementales cayeron y sus fuerzas se dispersaron. Los miembros del Panteón arrasaron los reductos de los dioses antiguos y encadenaron a los cinco dioses malignos en el subsuelo del planeta. Sin el poder de los dioses antiguos para mantener sus furiosos espíritus atados al mundo físico, los elementales fueron desterrados a un plano Abisal, donde lucharían entre sí por toda la eternidad. Tras la partida de los elementales, la naturaleza se apaciguó y en el mundo reinó una pacífica armonía. Al acabar con la amenaza, los titanes se pusieron manos a la obra.
Así, otorgaron poderes a numerosas razas para que les ayudaran a construir un nuevo mundo. Para ayudarles a cavar las insondables cavernas subterráneas, los titanes crearon a los terráneos enanoides utilizando mágicas piedras vivientes. Para crear los mares y elevar la tierra por encima del nivel del mar, los titanes crearon a los inmensos, pero gentiles gigantes marinos. Durante varias eras, los titanes moldearon la tierra hasta crear un continente perfecto. En el centro del continente, los titanes crearon un lago misterioso de energías incandescentes. El lago, llamado Pozo de la Eternidad, constituía la fuente de la vida de todos los seres que habitaban el planeta. Sus poderosas energías alimentaron los huesos de todo ser viviente y sembraron de vida aquel rico suelo. Con el tiempo, plantas, árboles, monstruos y criaturas de todas las clases empezaron a prosperar en el continente primigenio. En el crepúsculo del última día de su obras de creación del mundo, los titanes dieron al continente el nombre de Kalimdor: "tierra de la eterna luz estelar".

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Lun Jul 12, 2010 11:07 am

>> Los centinelas y la gran vigilia

Con la partida de sus caprichosos primos, los elfos de la noche volvieron a centrarse en la protección de su tierra encantada. Los druidas, conscientes de que se acercaba el momento de hibernar, se prepararon para su largo sueño y abandonaron temporalmente a sus seres queridos y familiares. Tyrande, que se había convertido en la suma sacerdotisa de Elune, pidió a su amado Malfurion que no la abandonara para partir al Sueño Esmeralda de Ysera. Pero Malfurion ponía en juego su honor si no penetraba en las cambiantes sendas de los sueños, de modo que se despidió de la sacerdotisa y le juró que no se separarían jamás si mantenían vivo su amor.
Sola, ante la perspectiva de proteger a Kalimdor de los peligros que acechaban al nuevo mundo, Tyrande reunió a un poderoso ejército de hermanas elfas de la noche. Las intrépidas y diestras guerreras, decididas a defender Kalimdor, eran conocidas como las Centinelas. Aunque preferían patrullar los frondosos bosques de Vallefresno ellas mismas, contaban con muchos aliados a los que podían recurrir en momentos difíciles. El semidiós Cenarius permaneció cerca de los Claros de la Luna del Monte Hyjal. Sus hijos, conocidos como los Guardianes de la Arboleda, vigilaron de cerca a los elfos de la noche y ayudaron constantemente a las Centinelas a mantener la paz en aquellas tierras. Incluso las tímidas hijas de Cenarius, o dríades, salían al exterior con mayor frecuencia. La tarea de vigilar Vallefresno mantuvo ocupada a Tyrande, pero sin Malfurion a su lado, apenas sonreía. A medida que los siglos transcurrieron, los druidas seguían inmersos en su sueño y el temor de Tyrande creció ante la posibilidad de una segunda invasión demoníaca. No la abandonaba la turbadora sensación de que la Legión Ardiente seguía merodeando al otro lado de la Gran Oscuridad, planeando su venganza contra los elfos de la noche y el reino de Azeroth.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Lun Jul 12, 2010 11:09 am

>> Los Imperios gemelos

Hace aproximadamente unos 16000 años, antes de que los elfos de la noche provocaran imprudentemente la ira de la Legión Ardiente, los trols se enseñoreaban sobre la mayor parte de Kalimdor (entonces, un solo continente). Había dos imperios trol, el imperio Gurubashi de las junglas del sudeste y el Imperio Amani de las tierras boscosas del interior. Había tribus más pequeñas que habitaban el extremo norte (en la región conocida actualmente como Rasganorte). Dichas tribus fundaron una pequeña nación llamada Gundrak, que nunca alcanzó el tamaño ni la prosperidad de los imperios del sur. Los imperios Gurubashi y Amani no se tenían en gran estima, pero casi nunca entraban en guerra. En aquel tiempo, su mayor enemigo común era un tercer imperio: la civilización de Azj’Aqir. Los aqir eran inteligentes insectoides que ocupaban las tierras del lejano oeste. Estos astutos insectoides se expandían de forma permanente y eran increíblemente malvados. Los aqir estaban obsesionados con erradicar todos los seres vivientes que no fueran insectos de los campos de Kalimdor. Los trols lucharon contra ellos durante miles de años, pero nunca pudieron conseguir una verdadera victoria sobre los aqir. Finalmente, debido a la persistencia de los trols, el reino aqiri se dividió en dos mitades cuando sus ciudadanos formaron colonias separadas en las regiones del extremo norte y el extremo sur del continente.
Emergieron dos ciudades-estado aqiri: Azjol-Nerub, en las tierras baldías del norte, y Ahn’Qiraj, en el desierto del sur. Aunque los trols sospechaban que había otras colonias aqiri bajo Kalimdor, su existencia nunca fue verificada. Cuando los insectoides marcharon al exilio, los imperios gemelos trol volvieron a sus asuntos cotidianos. A pesar de su gran victoria, ninguna civilización consiguió expandirse mucho más allá de sus fronteras originales. Sin embargo, existen textos antiguos que hablan de una pequeña facción de trols que se desgajó del Imperio Amani y fundó su propia colonia en el corazón del oscuro continente. Allí, estos valientes pioneros descubrieron el Pozo de la Eternidad cósmico, que los transformó en seres provistos de un inmenso poder. Algunas leyendas sugieren que estos trols aventureros fueron los primeros elfos de la noche, si bien esta teoría nunca ha sido demostrada.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Lun Jul 12, 2010 11:11 am

>> El Árbol del Mundo y el Sueño Esmeralda

Durante muchos años, los elfos de la noche trabajaron incesantemente para reconstruir su antigua tierra natal. Abandonando sus templos destruidos a merced de la maleza, construyeron sus nuevos hogares en medio de verdeantes árboles y frescas colinas junto al Monte Hyjal. Con el tiempo, los dragones que habían sobrevivido al Gran Cataclismo salieron de sus secretas moradas. Alexstrasza la roja, Ysera la verde y Nozdormu el broncíneo descendieron por los serenos claros de los druidas y supervisaron los frutos del trabajo de los elfos de la noche. Malfurion, que se había convertido en un archidruida de inmenso poder, saludó a los magníficos dragones y les habló de la creación del nuevo Pozo de la Eternidad. Los grandes dragones, alarmados al escuchar tan nefasta noticia, creyeron que, mientras el Pozo de la Eternidad existiera, la Legión podría volver con el propósito de destruir el planeta nuevamente. Malfurion y los tres dragones hicieron un pacto para proteger el Pozo y asegurarse de que los agentes de la Legión Ardiente jamás volvieran a poner pie en el planeta.
Alexstrasza la Protectora, colocó una bellota encantada en el corazón del Pozo de la Eternidad. La bellota, activada por las poderosas aguas mágicas, brotó rápidamente hasta convertirse en un árbol colosal. Las potentes raíces del árbol se extendieron desde las aguas del Pozo y la verdeante copa abarcó la inmensidad del cielo. El árbol será un símbolo eterno del vínculo de los elfos de la noche con la naturaleza y sus energías portadoras de vida se extenderán por todas partes para curar a los habitantes del planeta. Los elfos de la noche dieron al Árbol del Mundo el nombre de Nordrassil, cuyo significado era "corona de los cielos" en su lengua nativa. Nozdormu el Atemporal lanzó un encantamiento sobre el Árbol del Mundo que garantizaría que, siempre que el árbol estuviese en pie, los elfos de la noche jamás envejecerían ni enfermarían.
Ysera la Soñadora también lanzó un hechizo sobre el árbol, vinculándolo a su propio reino, la dimensión etérea conocida como el Sueño Esmeralda. El Sueño Esmeralda, un mundo espiritual eternamente cambiante, existía más allá de las fronteras del mundo físico. Desde el Sueño, Ysera regulaba las mareas de la naturaleza y la evolución del mundo propiamente dicho. Los druidas de los elfos de la noche, incluyendo al propio Malfurion, crearon un vínculo con el Sueño a través del Árbol del Mundo. En un pacto místico, los druidas aceptaron dormir simultáneamente durante siglos para que sus espíritus pudieran recorrer las infinitas sendas de los sueños de Ysera. Aunque los druidas sufrían ante la perspectiva de perder tantos años de sus vidas entregándose a la hibernación, mantuvieron desinteresadamente su pacto con Ysera.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Mar Jul 13, 2010 10:54 am

>> La guerra de los tres martillos

Los enanos de la montaña de Forjaz vivieron en paz durante muchos siglos. Sin embargo, su sociedad creció demasiado dentro de los confines de sus montañosas ciudades. Aunque el poderoso gran rey Modimus Yunquemar reinó entre los enanos con justicia y sabiduría, tres poderosas facciones se habían rebelado contra la sociedad enana. El clan Barbabronce, dirigido por el Señor feudal Madoran Barbabronce, mantenía estrechos lazos con el gran rey, siendo los tradicionales defensores de la montaña de Forjaz. El clan Martillo Salvaje, dirigido por el Señor feudal Khardros Martillo Salvaje, habitaba en las estribaciones y los riscos situados alrededor de la base de la montaña e intentaba incrementar su grado de control sobre la ciudad. La tercera facción, el clan Hierro Negro, estaba dirigido por el hechicero y Señor feudal Thaurissan. Los Hierro Negro se ocultaban entre las oscuras sombras de la montaña y complotaban contra sus primos Barbabronce y Martillo Salvaje.
Durante un tiempo, las tres facciones mantuvieron una frágil paz, pero las tensiones terminaron por explotar cuando murió el gran rey Yunquemar. Los tres clanes lucharon por el control de Forjaz. La guerra civil de los enanos se desarrolló bajo tierra durante muchos años. Finalmente, los Barbabronce, que disponían del ejército más poderoso, desterraron a los Hierro Negro y a los Martillo Salvaje de las profundidades de la montaña. Khardros y sus guerreros Martillo Salvaje viajaron hacia el norte, atravesando las puertas de la barrera de Dun Algaz y fundaron su propio reino en las entrañas de la distante montaña de Grim Batol. Allí, los Martillo Salvaje prosperaron y volvieron a recuperar sus tesoros. A Thaurissan y a los Hierro Negro no les fue tan bien. Humillados y airados por su derrota, juraron venganza contra Forjaz. Conduciendo a su gente hacia el sur, Thaurissan fundó una ciudad (a la que puso su propio nombre) dentro de las bellas montañas Crestagrana. La prosperidad y el paso de los años no lograron calmar el rencor de los Hierro Negro contra sus primos. Thaurissan y su mujer hechicera Modgud, lanzó un asalto en dos flancos contra Forjaz y Grim Batol al mismo tiempo. Los Hierro Negro intentaron reclamar la posición de la totalidad de Khaz Modan.
Los ejércitos de los Hierro Negro se lanzaron contra las fortalezas de sus primos y estuvieron muy cerca de tomar ambos reinos. No obstante, Madoran Barbabronce condujo a su clan a una victoria decisiva sobre el ejército de hechiceros de Thaurissan. Thaurissan y sus siervos huyeron para refugiarse en su ciudad, sin ser conscientes de lo que estaba ocurriendo en Grim Batol, donde el ejército de Modgud no lo estaba haciendo mejor contra Khardros y sus guerreros Martillo Negro. Al enfrentarse a los guerreros enemigos, Modgud utilizó sus poderes para insuflar el temor en sus corazones. Bajo sus órdenes, las sombras se pusieron en marcha y surgieron oscuros objetos desde las profundidades de la tierra que acecharon a los Martillo Salvaje en sus propias salas. Finalmente, Modgud atravesó las puertas y puso la fortaleza bajo sitio. Los Martillo Salvaje lucharon desesperadamente y el propio Khardros acometió las agitadas masas para asesinar a la reina hechicera. Perdida su reina, los Hierro Negro huyeron ante la furia de los Martillo Salvaje. Escaparon hacia el sur en dirección a la fortaleza de su rey y se encontraron con los ejércitos de Forjaz, que habían acudido en ayuda de Grim Batol. Cogidas entre dos fuegos, las fuerzas restantes de los Hierro Negro fueron destruidas por completo.
Posteriormente, los ejércitos conjuntos de Forjaz y Grim Batol se dirigieron al sur, intentando destruir a Thaurissan y a sus Hierro Negro de una vez por todas. No pudieron ir muy lejos cuando la furia de Thaurissan se materializó en un encantamiento de proporciones catastróficas. Al intentar conseguir la ayuda de un esbirro sobrenatural que garantizara su victoria, Thaurissan despertó antiguos poderes que dormían bajo el mundo. Para su sorpresa y, finalmente, para su condena, la criatura que emergió fue más terrible que cualquier pesadilla que pudiera imaginar. Ragnaros, el Señor de Fuego, señor inmortal de todos los elementos flamígeros, había sido desterrado por los titanes cuando el mundo era joven. Ahora, liberado por la llamada de Thaurissan, Ragnaros volvió a la existencia una vez más. El renacimiento apocalíptico de Ragnaros en Azeroth hizo añicos las montañas Crestagrana y creó un rugiente volcán situado en el centro de la devastación.
El volcán, conocido como la montaña Roca Negra, limitaba al norte con la Garganta de Fuego y al sur con las Estepas Ardientes. Si bien Thaurissan fue asesinado por las fuerzas que lo habían liberado, sus hermanos que le sobrevivieron finalmente fueron esclavizados por Ragnaros y sus elementales. Hasta el día de hoy, permanecen en las profundidades de Roca Negra. Habiendo presenciado la horrenda devastación, donde los fuegos se extendían a lo largo de las montañas del sur, el rey Madoran y el rey Khardros detuvieron sus ejércitos y regresaron a toda prisa hacia sus respectivos reinos, incapaces de hacer frente a la ira de Ragnaros.
Los Barbabronce regresaron a Forjaz y reconstruyeron la gloriosa ciudad. Asimismo, los Martillo Salvaje regresaron a casa en Grim Batol. Sin embargo, la muerte de Modgud dejó una pátina maléfica sobre la fortaleza de la montaña y resultó ser inhabitable.
Los corazones de los Martillo Salvaje sentían la amargura que suponía la pérdida de su amado hogar. El rey Barbabronce ofreció a los Martillo Salvaje un lugar donde vivir, situado en los límites de Forjaz, pero estos se negaron en redondo. Khardros condujo a su gente hacia el norte en dirección a las tierras de Lordaeron. Asentados en los exuberantes bosques de las tierras del interior, los Martillo Salvaje construyeron la ciudad de Pico Nidal, en donde los Martillo Salvaje crecieron cerca de la naturaleza e, incluso, se vincularon a los poderosos grifos de la región.
Al intentar conservar las relaciones y el comercio con sus primos, los enanos de Forjaz construyeron dos grandes arcos, el Puente Thandol, que une Khaz Modan con Lordaeron. Enriquecidos mediante el comercio mutuo, los dos reinos prosperaron. Tras las muertes de Madoran y Khardros, sus hijos encargaron conjuntamente la construcción de dos grandes estatuas en honor a sus padres. Las dos estatuas guardarían el paso hacia las tierras del sur que, en presencia del ardiente Ragnaros, se habían convertido en tierras volcánicas. Sirvieron tanto como advertencia a aquellos que pretendían atacar los reinos de los enanos, como recordatorio del precio que pagaron los Hierro Negro por sus crímenes. Los dos reinos mantuvieron estrechos lazos durante años, pero los Martillo Salvaje cambiaron en gran medida a causa de los horrores que presenciaron en Grim Batol. En lugar de excavar un vasto reino en el interior de la montaña, decidieron vivir en la superficie, en las laderas de Pico Nidal. Las diferencias ideológicas entre los dos clanes de enanos que quedaban condujeron finalmente a su separación.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Jue Jul 15, 2010 11:25 am

>> Las secuelas de la Segunda Guerra

La devastadora Segunda Guerra contra la horda orca dejó la Alianza de Lordaeron en un estado de desolación y confusión. Los sanguinarios orcos, dirigidos por el poderoso Jefe de Guerra Orgrim Martillo Maldito, no solo destrozaron todo lo que encontraron a su paso en las tierras de Khaz Modan, en poder de los enanos, sino que también arrasaron muchas provincias centrales de Lordaeron. Los orcos implacables llegaron a arrasar el
remoto reino elfo de Quel’Thalas antes de que les pararan los pies. Los ejércitos de la Alianza, dirigidos por Sir Anduin Lothar, Uther el Iluminado y el almirante Valiente, expulsaron a los orcos hacia el sur, hasta la tierra desolada de Azeroth, el primer reino que cayó ante el ataque despiadado de los orcos.
Las fuerzas de la Alianza, bajo las órdenes de Sir Lothar, lograron expulsar a los clanes de Martillo Maldito de Lordaeron, confinándolos en las tierras de Azeroth controladas por los orcos. Las fuerzas de Lothar rodearon la ciudadela volcánica de la Cumbre de Roca Negra y sitiaron sus defensas. En su encarnizada defensa, Martillo Maldito y sus lugartenientes llevaron a cabo una audaz ofensiva desde la Cumbre y combatieron a los paladines de Lothar en el centro de las Estepas Ardientes. Martillo Maldito y Lothar se enzarzaron en una titánica batalla que dejó a los dos poderosos combatientes apaleados y exhaustos. Si bien por poco Martillo Maldito derrota a Lothar, la muerte del gran héroe no tuvo el efecto que el Jefe de Guerra habría deseado.
Turalyon, el lugarteniente más leal de Lothar, cogió el escudo de este manchado de sangre y convocó a sus hermanos apesadumbrados para emprender un atroz contraataque. Bajo los raídos estandartes de Lordaeron y Azeroth, las tropas de Turalyon masacraron a casi todas las fuerzas restantes de Martillo Maldito, sometiéndolas a una gloriosa, pero terrible derrota. Para los andrajosos y dispersos supervivientes orcos no quedaba otra opción que escapar al último bastión de las fuerzas orcas: el Portal Oscuro.
Turalyon y sus guerreros persiguieron a los orcos supervivientes por el inmundo Pantano de las Penas, hasta las corruptas Tierras Devastadas en las que se hallaba el Portal Oscuro. Allí, junto al colosal portal, la horda destrozada y la inquebrantable Alianza se enfrentaron en lo que sería la última y más sangrienta batalla de la Segunda Guerra.
Inferiores en número y enloquecidos por la maldición de su sed de sangre, los orcos sucumbieron inevitablemente a la ira de la Alianza. A Martillo Maldito lo hicieron prisionero y lo escoltaron hasta Lordaeron, mientras sus clanes rotos fueron acorralados y expulsados al norte, de nuevo en Lordaeron.


Última edición por Zortarnor el Miér Jul 21, 2010 11:15 am, editado 1 vez

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 21, 2010 11:14 am

>> El retorno de Archimonde y el vuelo a kalimdor

Una vez que Kel'Thuzad volvió a ser un todo, Arthas condujo a la Plaga hasta el sur de Dalaran. Allí, el exánime obtendría el poderoso libro de hechizos de Medivh y lo usaría para invocar a Archimonde y traerlo de regreso al mundo. De aquí en adelante, Archimonde en persona comenzaría a realizar la invasión final de la Legión. Incluso los zahoríes del Kirin Tor se mostraban incapaces de detener a las fuerzas de Arthas, impidiéndoles que robaran el libro de Medivh y pronto, Kel'Thuzad reunió todos los elementos para realizar su encantamiento. Transcurridos diez mil años, el poderoso demonio Archimonde y su anfitrión emergieron una vez más en el mundo de Azeroth. Aun así, Dalaran no iba a ser su destino final. Bajo las órdenes del propio Kil'jaeden, Archimonde y sus demonios siguieron a la Plaga de los no-muertos hasta Kalimdor, con el propósito de destruir Nordrassil, el Árbol del Mundo.
En medio de este caos, un solitario y misterioso profeta apareció para guiar a las razas mortales. Este profeta resultó ser Medivh, el último guardián, que había regresado milagrosamente del Más Allá para redimirse de sus pasados pecados. Medivh alertó a la Horda y a la Alianza acerca de los peligros a los que se enfrentaban y los conminó a que unieran sus fuerzas.
Ahítos de generaciones de odio, los orcos y los humanos no tenían nada en común. Medivh se vio obligado a tratar con cada raza por separado, utilizando las profecías y su habilidad para guiarlos a través del mar, hacia la legendaria tierra de Kalimdor. Pronto, los orcos y los humanos encontraron la civilización de los kaldorei, oculta durante mucho tiempo.
Los orcos, dirigidos por Thrall, sufrieron una serie de reveses hacia los baldíos de Kalimdor. Aunque contaban con la amistad de Cairne Pezuña de Sangre y sus poderosos guerreros tauren, muchos orcos empezaron a sucumbir a la demoníaca sed de sangre que los había contaminado durante años. El lugarteniente más importante de Thrall, Grom Grito Infernal, llegó incluso a traicionar a la Horda, abandonándose a sus más bajos instintos. Mientras Grito Infernal y sus leales guerreros Grito de Guerra merodeaban por los bosques de Vallefresno, se enfrentaron a los antiguos centinelas y elfos de la noche. Persuadidos de que los orcos habían vuelto por sus fueros, retomando sus viejas costumbres, el semidiós Cenarius apareció para lograr que Grito Infernal y sus orcos regresaran. No obstante, Grito Infernal y sus orcos, vencidos por una rabia y un odio sobrenaturales, asesinaron a Cenarius y corrompieron los antiguos bosques.
Finalmente, Grito Infernal consiguió redimir su honor, ayudando a Thrall a derrotar a Mannoroth, el señor demonio que lanzó por vez primera sobre la línea de sangre de los orcos una maldición de odio y rabia. Con la muerte de Mannoroth, la maldición de sangre de los orcos llegó a su fin.
Mientras Medivh intentaba convencer a los orcos y a los humanos de la necesidad de una alianza, los elfos de la noche luchaban contra la Legión, utilizando sus propias tácticas secretas. Tyrande Susurravientos, la inmortal suma sacerdotisa de los centinelas y elfos de la noche, combatió desesperadamente para evitar que los demonios y los no-muertos arrasaran los bosques de Vallefresno. Tyrande se dio cuenta de que necesitaba ayuda y se dispuso a despertar a los druidas de los elfos de la noche de su profundo sueño de mil años. Invocando a su antiguo amor, Malfurion Tempestira, Tyrande logró galvanizar sus defensas e hizo volver a la Legión. Con la ayuda de Malfurion, la propia naturaleza logró derrotar a la Legión y a sus aliados de la Plaga.
Mientras buscaba más druidas en hibernación, Malfurion encontró la antigua prisión-túmulo en la que había encadenado a su hermano Illidan. Convencido de que Illidan los ayudaría contra la Legión, Tyrande lo liberó. Aunque Illidan los ayudó durante un tiempo, finalmente huyó para perseguir sus propias metas. Los elfos de la noche se prepararon y lucharon contra la Legión Ardiente con gran determinación. La Legión nunca había abandonado su deseo de conquistar el Pozo de la Eternidad, durante mucho tiempo fuente de poder del Árbol del Mundo y corazón del reino de los elfos de la noche. Si el asalto que planeaban contra el Árbol tenía éxito, los demonios acabarían literalmente con el mundo.

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Mensaje  Zortarnor el Miér Jul 28, 2010 5:14 pm

Satisfechos con el pequeño universo que habían creado, los titanes se prepararon para abandonar Azeroth. No obstante, antes de partir, encomendaron a las grandes especies del planeta la tarea de vigilar Kalimdor, para evitar que fuerzas adversas amenazaran su perfecta armonía. En aquella época, existían muchas clases de dragones. Sin embargo, había cinco grupos que dominaban a sus hermanos. Estos cinco grupos fueron elegidos por los titanes para guiar al mundo naciente. Los miembros más destacados del Panteón transmitieron parte de su poder a los jefes de las bandadas de dragones. Estos dragones majestuosos (que se describen a continuación) eran conocidos como los Grandes Aspectos o los Dragones Aspectos.
Aman'Thul, Alto Padre del Panteón volcó parte de su poder cósmico sobre el gigantesco dragón de bronce Nozdormu. El Alto Padre otorgó poderes a Nozdormu para que vigilara él mismo el transcurrir del tiempo y supervisara los intrincados caminos de la fortuna y el destino. El estoico y honorable Nozdormu era conocido con el nombre de El Atemporal.
Eonar, guardiana de la vida, otorgó parte de su poder a la gigantesca Alexstrasza. Mucho tiempo después, Alexstrasza recibió el nombre de la Protectora, pues su misión era defender a todas las criaturas vivientes del planeta. Gracias a su suprema sabiduría y a su ilimitada compasión por todos los seres vivos, Alexstrasza fue nombrada reina de los dragones por los de su especie. Eonar también bendijo a la hermana menor de Alexstrasza, la ágil dragona verde Ysera, con una porción de su influencia sobre la naturaleza. Ysera cayó en un trance eterno, atada al Sueño de la Creación. Conocida como la Soñadora, vigilaría las extensas áreas salvajes del mundo desde su verdeante reino, el Sueño Esmeralda.
Norgannon, titán guardián del conocimiento y mago maestro, cedió al dragón azul Malygos parte de su vasto poder. A partir de entonces, Malygos fue conocido como el Tejechizos, el guardián de la magia y el arcano oculto. Khaz'goroth, creador de titanes y forjador del mundo, confirió parte de su extenso poder al poderoso dragón negro Neltharion. Al bondadoso Neltharion, conocido posteriormente como el Guardián de la Tierra, se le otorgó el dominio de la tierra y los rincones más recónditos del orbe. Encarnaba la fortaleza del mundo y actuaba como gran protector de Alexstrasza. Con estos poderes, los Cinco Aspectos tenían la misión de defender al mundo en ausencia de los titanes. Cuando los dragones ya estaban preparados para vigilar su creación, los titanes abandonaron Azeroth para siempre. Desafortunadamente, el descubrimiento del nuevo mundo por parte de Sargeras era solo cuestión de tiempo.

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Re: Los Libros de la historia de Azeroth

Mensaje  Zortarnor el Miér Ago 11, 2010 12:00 am

La caida de los imperios

Aparte de sus orígenes oscuros, resulta obvio que los elfos de la noche obtuvieron el poder poco después de su descubrimiento del Pozo de la Eternidad. A pesar de los intentos de los trols de impedir que aumentaran sus territorios, los elfos de la noche construyeron un poderoso imperio que se expandió rápidamente a lo largo del Kalimdor primordial. Utilizando artes de magia nunca antes imaginada por los supersticiosos trols, los elfos de la noche lograron fácilmente aquello que los malvados aqir nunca pudieron conseguir: derrotar a los dos imperios más importantes del mundo.
Sistemáticamente, los elfos de la noche desmantelaron las defensas y las líneas de abastecimiento de los trols. Los trols, incapaces de contrarrestar la magia destructiva de los elfos, se replegaron ante las arremetidas. Los elfos de la noche demostraron ser tan astutos y sanguinarios como los salvajes trols: provocando el eterno odio y el desdén racial de estos últimos. Transcurridos pocos años, los imperios Gurubashi y Amani se fragmentaron.
Finalmente, los elfos de la noche fueron quemados por los fuegos arcanos que habían intentado controlar. El uso constante que hacían de la magia atrajo al mundo a la demoníaca Legión Ardiente. Los demonios destrozaron una gran parte de la civilización de los elfos de la noche. Aunque no hay registros que indiquen que la Legión atacó a la civilización trol, es muy probable que se produjeran batallas en todo el continente.
Al finalizar el terrible conflicto, conocido como la Guerra de los Ancestros, el Pozo de la Eternidad implosionó. La onda expansiva resultante destrozó la mayor parte de la tierra de Kalimdor. El centro del continente quedó sumergido bajo el mar, dejando atrás numerosos continentes fragmentados. Así, grandes porciones tanto del Imperio Amani como Gurubashi existen aún en las actuales tierras de Quel'Thalas y Tuercespina, respectivamente. Los reinos Azj'Aqir de Azjol-Nerub y Ahn'Qiraj también han sobrevivido hasta el presente en Rasganorte y Tanaris, respectivamente.
Ambas civilizaciones trol retrocedieron debido a la gran destrucción del mundo primordial que habían conocido. Los intrépidos trols reconstruyeron sus devastadas ciudades y progresaron para recuperar parte de su antiguo esplendor.

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